Leyenda de las monjas endemoniadas del convento de San Plácido
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Los sucesos a los que nos referimos, ocurridos en la época de Felipe IV, obligaron a intervenir al Inquisidor General, don Diego de Arce de Reynoso. Fachada del convento de San Plácido; a la izquierda, grabado de dicho proceso inquisidor.
La lujuriosa leyenda de las monjas endemoniadas del convento de San Plácido

El mencionado convento de San Plácido se encuentra ubicado a muy pocos metros de la madrileña plaza del Callao. Miles de personas pasan frente a sus muros cada dia, pero son muy pocos los que conocen la oscura leyenda de misterio y demonios que se esconde de puertas para adentro en dicho convento. El halo de santidad que tiene ahora contrasta salvajemente con el pasado diabólico y oscuro que se le adjudicó en la corte de Felipe IV.
Este convento fue en su día el escenario de todo tipo de rituales exorcistes y demoniacos, debido a las continuas agresiones misterioses que las monjas sufrían por parte de seres infernales. Multitud de episodios de esta índole lograron que en aquella época oscura se conociera a esas religiosas como las «endemoniadas» de San Plácido.

La cosa comenzó cuando una joven novicia dio la voz de alarma al realizar actos extraños, como dar voces y hacer gestos obscenos impropios de un religiosa dedicada a dios. Fue el confessor del convento fray Juan Francisco García Calderón, quien comenzó a preocuparse por la situación insolita, el que determinó que la joven estaba poseída por el mismisimo diablo. Por este motivo se le practicó a la joven un exorcismo de urgencia que no dio buenos resultados: no sólo se pudo curar a esta hermana, si no que además otras veintiseis corrieron con la misma suerte que esta.

El oscuro asunto llegó a extremos tan alarmantes que todas las moradoras del convento de San Plácido, exceptuando a cuatro, cayeron bajo la influencia del Maligno en poco tiempo. Los rumores llegaron pronto al Inquisidor General, don Diego de Arce de Reynoso, que abrió un largo proceso para averiguar lo que pasaba. Éste culminó en 1631 al dictarse prisión perpetua, ayunos y disciplinas para el confesor fray Juan Francisco García Calderón, que tras el tormento al que se le sometió se autoinculpó de haber cometido actos pecaminosos con las propias monjas. Por su parte, la priora fue desterrada, mientras que la comunidad con el resto de las monjas fue repartida para evitar que los hechos se reprodujeran en un futuro.

Fuentes: ABC.ES

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